jueves, 15 de mayo de 2014

Recordando a Katherine Anne Porter

Katherine Anne Porter que nació en Texas, el 15 de mayo de 1890 y murió en Maryland, el 18 de septiembre de 1980, fue periodista, escritora de novelas y cuentos, ensayista y activista.

Estuvo tres veces entre las candidatas al Premio Nobel de Literatura, pero no se lo concedieron. Lo que si obtuvo fue el Premio Pulitzer por sus cuentos.

Aquí os dejamos con un fragmento de su relato "Robo":


Robo

A la mañana siguiente, temprano, estaba en la bañera cuando la portera llamó y luego entró diciendo que deseaba examinar los radiadores antes de encender la caldera para el invierno. Después de dar vueltas por la habitación durante unos minutos, se marchó cerrando la puerta con violencia.
Salió del baño para coger un cigarrillo del paquete que tenía en el bolso. El bolso no estaba. Se vistió, preparó café y se sentó junto a la ventana mientras lo bebía. Seguramente la portera había cogido el bolso y sería imposible recobrarlo sin hacer el ridículo y montar un escándalo. Así que lo dejaría correr. A la vez que tomaba esa decisión, en su sangre crecía una ira profunda, casi asesina. Con toda delicadeza puso la taza en el centro de la mesa y bajó con determinación las escaleras, tres largos tramos, un pequeño vestíbulo y un empinado pero breve tramo hasta el sótano, donde la portera con el rostro manchado de polvo de carbón, limpiaba la caldera.
-¿Me hará el favor de devolverme el bolso? No hay dinero dentro. Era un regalo y no quiero perderlo.
La portera se volvió sin incorporarse y clavó en ella unos ojos llameantes, donde se reflejaba la roja luz de la caldera.
-¿Qué quiere decir, su bolso?
-El bolso de tela dorada que usted cogió del banco de madera de mi habitación -dijo-. Tengo que recuperarlo.
-Juro ante Dios que nunca he puesto los ojos sobre su bolso y juro que es la santa verdad- dijo la portera.
-Oh, pues bien, quédeselo -dijo, pero con voz muy amarga-, quédeselo si tanto lo quiere.
Y se marchó.
Recordó que por una cuestión de principios rechazaba la idea de poseer cosas, de modo que nunca en su vida había echado la llave a ninguna puerta, así como su paradójico alarde, por más que sus amigos le advirtieran, de que jamás le habían robado un centavo. Y le había agradado la desnuda humildad de ese ejemplo concreto, destinado a ilustrar y justificar su fe obsesiva, por lo demás vaga y sin fundamento, que le hacía actuar de esa manera desoyendo su deseo en ese caso concreto.
En ese momento sintió que le había sido robado un enorme número de cosas valiosas, materiales o intangibles: objetos perdidos o rotos por su culpa; objetos que había olvidado o dejado en las casas después de una mudanza; libros prestados y no devueltos; viajes que había planeado y no había hecho; palabras que había esperado oír y no había oído, y las palabras con que se proponía responder; alternativas amargas y sustitutos intolerables peores que nada pero ineludibles; el largo y paciente sufrimiento de la amistad moribunda y la oscura e inexplicable muerte del amor… Todo lo que ella había tenido y todo lo que había echado de menos se había perdido junto y se perdía doblemente en ese derrumbe de evocación de pérdidas.
La portera la seguía escaleras arriba con el bolso en la mano y el mismo fuego rojo y profundo temblando en los ojos. La portera le tendió el bolso cuando aún las separaba media docena de escalones.
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