viernes, 17 de abril de 2015

"Botella al mar para el dios de las palabras", Gabriel García Márquez

Recordando al gran Gabriel García Márquez cuando se cumple el primer año de su fallecimiento :

"A mis 12 años de edad estuve a punto de ser atropellado por una bicicleta. Un señor cura que pasaba me salvó con un grito: «¡Cuidado!»

El ciclista cayó a tierra. El señor cura, sin detenerse, me dijo: «¿Ya vio lo que es el poder de la palabra?» Ese día lo supe. Ahora sabemos, además, que los mayas lo sabían desde los tiempos de Cristo, y con tanto rigor que tenían un dios especial para las palabras.

Nunca como hoy ha sido tan grande ese poder. La humanidad entrará en el tercer milenio bajo el imperio de las palabras. No es cierto que la imagen esté desplazándolas ni que pueda extinguirlas. Al contrario, está potenciándolas: nunca hubo en el mundo tantas palabras con tanto alcance, autoridad y albedrío como en la inmensa Babel de la vida actual. Palabras inventadas, maltratadas o sacralizadas por la prensa, por los libros desechables, por los carteles de publicidad; habladas y cantadas por la radio, la televisión, el cine, el teléfono, los altavoces públicos; gritadas a brocha gorda en las paredes de la calle o susurradas al oído en las penumbras del amor. No: el gran derrotado es el silencio. Las cosas tienen ahora tantos nombres en tantas lenguas que ya no es fácil saber cómo se llaman en ninguna. Los idiomas se dispersan sueltos de madrina, se mezclan y confunden, disparados hacia el destino ineluctable de un lenguaje global.

La lengua española tiene que prepararse para un oficio grande en ese porvenir sin fronteras. Es un derecho histórico. No por su prepotencia económica, como otras lenguas hasta hoy, sino por su vitalidad, su dinámica creativa, su vasta experiencia cultural, su rapidez y su fuerza de expansión, en un ámbito propio de 19 millones de kilómetros cuadrados y 400 millones de hablantes al terminar este siglo. Con razón un maestro de letras hispánicas en Estados Unidos ha dicho que sus horas de clase se le van en servir de intérprete entre latinoamericanos de distintos países. Llama la atención que el verbo pasar tenga 54 significados, mientras en la República de Ecuador tienen 105 nombres para el órgano sexual masculino, y en cambio la palabra condoliente, que se explica por sí sola, y que tanta falta nos hace, aún no se ha inventado. A un joven periodista francés lo deslumbran los hallazgos poéticos que encuentra a cada paso en nuestra vida doméstica. Que un niño desvelado por el balido intermitente y triste de un cordero dijo: «Parece un faro». Que una vivandera de la Guajira colombiana rechazó un cocimiento de toronjil porque le supo a Viernes Santo. Que don Sebastián de Covarrubias, en su diccionario memorable, nos dejó escrito de su puño y letra que el amarillo es «la color» de los enamorados. ¿Cuántas veces no hemos probado nosotros mismos un café que sabe a ventana, un pan que sabe a rincón, una cerveza que sabe a beso?

Son pruebas al canto de la inteligencia de una lengua que desde hace tiempo no cabe en su pellejo. Pero nuestra contribución no debería ser la de meterla en cintura, sino al contrario, liberarla de sus fierros normativos para que entre en el siglo venturo como Pedro por su casa. En ese sentido me atrevería a sugerir ante esta sabia audiencia que simplifiquemos la gramática antes de que la gramática termine por simplificarnos a nosotros. Humanicemos sus leyes, aprendamos de las lenguas indígenas a las que tanto debemos lo mucho que tienen todavía para enseñarnos y enriquecernos, asimilemos pronto y bien los neologismos técnicos y científicos antes de que se nos infiltren sin digerir, negociemos de buen corazón con los gerundios bárbaros, los qués endémicos, el dequeísmo parasitario, y devuélvamos al subjuntivo presente el esplendor de sus esdrújulas: váyamos en vez de vayamos, cántemos en vez de cantemos, o el armonioso muéramos en vez del siniestro muramos. Jubilemos la ortografía, terror del ser humano desde la cuna: enterremos las haches rupestres, firmemos un tratado de límites entre la ge y jota, y pongamos más uso de razón en los acentos escritos, que al fin y al cabo nadie ha de leer lagrima donde diga lágrima ni confundirá revólver con revolver. ¿Y qué de nuestra be de burro y nuestra ve de vaca, que los abuelos españoles nos trajeron como si fueran dos y siempre sobra una?

Son preguntas al azar, por supuesto, como botellas arrojadas a la mar con la esperanza de que le lleguen al dios de las palabras. A no ser que por estas osadías y desatinos, tanto él como todos nosotros terminemos por lamentar, con razón y derecho, que no me hubiera atropellado a tiempo aquella bicicleta providencial de mis 12 años."



"Botella al mar para el dios de las palabras", Gabriel García Márquez 





miércoles, 15 de abril de 2015

Recordando a Henry James

En el aniversario del nacimiento del magistral escritor norteamericano Henry James, el 15 de abril de 1843, en Nueva York, queremos recordarlo con un fragmento del inicio de una de sus mejores novelas, "Retrato de una dama" :

“Era la hora dedicada a la ceremonia del té de la tarde y sabido es que, en determinadas circunstancias, hay en la vida muy pocas horas que puedan compararse a ésa por el agrado y atractivo que ofrece a quienes saben disfrutarla. Hay momentos en los cuales, se tome o no se tome té -cosa que, desde luego, algunos no hacen jamás-, la situación constituye por sí misma una verdadera delicia. Las personas que están presentes en mi imaginación al intentar escribir la primera página de esta sencilla historia ofrecían a la vista un cuadro admirablemente ilustrador del disfrute de tan inocente pasatiempo. Los utensilios de ágape tan parco e íntimo se hallaban dispuestos sobre el tierno césped de una antigua casa de campo inglesa durante una hora que yo calificaría de momento supremo de una espléndida tarde de verano. Se había desvanecido parte de dicha tarde, pero aún quedaba de ella bastante, que era precisamente su parte de más bella y extraordinaria calidad. Faltaban todavía algunas horas para el verdadero atardecer, más el torrente de intensa luz de verano había empezado ya a decrecer, se había vuelto más suave el aire, y las sombras, como desperezándose, se iban estirando poco a poco sobre la tupida y tierna hierba. Era, como decimos, pausado su alargamiento, y el escenario de la naturaleza contribuía a favorecer el nacimiento de ese estado de ánimo, de solaz y abandono, que constituye la fuente principal de placer en semejante actividad y a semejante hora. Puede decirse que el intervalo de tiempo comprendido entre las cinco y las ocho de la tarde de un día estival es a veces una pequeña eternidad; mas en momentos como éste cabe afirmar que es y no puede ser más que una eternidad de placer. Los participantes en la misma parecían estar disfrutando tranquilamente de él, y, por añadidura, no eran de los pertenecientes al sexo que se supone proporciona el mayor número de adeptos a tales ceremonias. Sobre el perfecto prado se recortaban unas sombras rectas y angulosas, que eran la de un hombre ya viejo, sentado en un profundo sillón de mimbre cerca de la mesa donde se había servido el té, y las de un par de jóvenes que iban de un lado para otro en presencia del anciano mientras mantenían con él una conversación, por parte de ellos completamente deshilvanada…”







martes, 14 de abril de 2015

"El libro es un bien artificioso y sofisticado, más inevitable que imprescindible. La destrucción de los libros, uno de los viejos vicios de la humanidad, no acaba con la existencia de su especie, y quizá la triste imposición de la lectura haya causado más bajas entre los lectores que el deseo de su erradicación como costumbre perniciosa. El libro transporta conocimientos del mismo modo que transporta sentimientos. Como un ADN externo al cuerpo del hombre, se renueva, pero sin dejar de arrastrar entre las páginas de cada ejemplar el inevitable peso de la cultura humana, de lo que somos y de nuestro devenir, virtudes y defectos incluidos. El libro es un juguete sagrado que, como todos los juegos, simboliza la vida (la simboliza, no puede sustituirla). Depara a los lectores, en paralelo a ella, cualquiera de los sentimientos o conocimientos que la vida nos ofrece, da igual que los consideremos positivos o negativos, verdaderos o falsos. Y entre esos sentimientos está también el más enigmático de todos: el amor.

La vida es así. Al fondo, no lo olviden, sonríe la muerte". 

Fragmento de "El mito de los libros", de Javier Azpeitia, en "Libro de libros", 451 Editores 






jueves, 9 de abril de 2015

"Morelliana.


¿Por qué escribo esto? No tengo ideas claras, ni siquiera tengo ideas. Hay jirones, impulsos, bloques, y todo busca una forma, entonces entra en juego el ritmo y yo escribo dentro de este ritmo, escribo por él, movido por él y no por eso que llaman el pensamiento y que hace la prosa literaria u otra. Hay primero una situación confusa, que sólo puede definirse en la palabra; de esa penumbra parto, y si lo que quiero decir (si lo que quiere decirse) tiene suficiente fuerza, inmediatamente se inicia el swing, un balanceo rítmico que me saca a la superficie, lo ilumina todo, conjuga esa materia confusa y el que la padece en una tercera instancia clara y como fatal: la frase, el párrafo, la página, el capítulo, el libro. Ese balanceo, ese swing en el que se va informando la materia confusa, es para mí la única certidumbre de su necesidad, porque apenas cesa comprendo que no tengo ya nada que decir. Y también es la única recompensa de mi trabajo: sentir que lo que he escrito es como un lomo de gato bajo la caricia, con chispas y un arquearse cadencioso. Así por la escritura bajo el volcán, me acerco a las Madres, me conecto con el Centro -sea lo que sea. Escribir es dibujar mi mandala y a la vez recorrerlo, inventar la purificación purificándose; tarea de pobre shamán blanco con calzoncillos de nylon."


Capítulo 82, Rayuela., Julio Cortázar 

Fotografía de Joel Robinson 





Un original cuento de Mario Benedetti

Mucho gusto, Mario Benedetti

"Se habían encontrado en la barra de un bar, cada uno frente a una jarra de cerveza, y habían empezado a conversar al principio, como es lo normal, sobre el tiempo y la crisis; luego, de temas varios, y no siempre racionalmente encadenados. Al parecer, el flaco era escritor, el otro, un señor cualquiera. No bien supo que el flaco era literato, el señor cualquiera, empezó a elogiar la condición de artista, eso que llamaba el sencillo privilegio de poder escribir.

 -No crea que es algo tan estupendo -dijo el Flaco-, también hay momentos de profundo desamparo en lo que se llega a la conclusión de que todo lo que se ha escrito es una basura; probablemente no lo sea, pero uno así lo cree. Sin ir más lejos, no hace mucho, junté todos mis inéditos, o sea un trabajo de varios años, llamé a mi mejor amigo y le dije: Mira, esto no sirve, pero comprenderás que para mí es demasiado doloroso destruirlo, así que hazme un favor; quémalos; júrame que lo vas a quemar, y me lo juró.

El señor cualquiera quedó muy impresionado ante aquel gesto autocrítico, pero no se atrevió a hacer ningún comentario. Tras un buen rato de silencio, se rascó la nuca y empinó la jarra de cerveza.
 
-Oiga, don -dijo sin pestañear-, hace rato que hemos hablado y ni siquiera nos hemos presentado, mi nombre es Ernesto Chávez, viajante de comercio -y le tendió la mano.

-Mucho gusto -dijo el otro, oprimiéndola con sus dedos huesudos-, Franz Kafka, para servirle."



Imagen de Ruth Diskin Films.



domingo, 5 de abril de 2015

Una mujer de recursos

Elizabeth Forsythe Hailey, la autora de "Una mujer de recursos", publicada por Libros del Asteroide, explica en el Prólogo de su novela, que la única vez en su vida que se apuntó a un curso de escritura creativa, el profesor la aprobó simplemente porque era nuevo y no quería suspender a nadie. Afortunadamente, la experiencia no echó para atrás a nuestra decidida escritora que ya en la cuarentena publicó su primera novela. 

Posiblemente sintiendo el peso de la narrativa excesivo para empezar su aventura literaria, decidió que se serviría del género epistolar para construir su primera obra y la verdad es que fue un acierto pleno.

"Una mujer de recursos" recrea la vida de la abuela de Forsythe Hailey, a través de las que podrían haber sido las cartas que ella escribiera a sus distintos familiares y amigos.
No resulta fácil mantener el interés constante de una historia contada de modo epistolar, pero en esta novela, no hay un solo momento en que las vicisitudes de la protagonista no nos mantengan en atención constante.

"Una mujer de recursos" es el título pero también podría ser el argumento reducido a la mínima expresión. Bess Steed es la protagonista total y absoluta de esta conmovedora historia. Un personaje fascinante, tremendamente humano que sabe ir superando los distintos embates de la vida con una vitalidad, un optimismo y una actitud envidiables. Decidida y moderna para su época, Bess quiere aprender, viajar, conocer mundo. Sin dejar por un momento de ser esposa y madre, moviéndose siempre en los límites de lo socialmente correcto, Bess intenta aprovechar cada experiencia y cada oportunidad de su vida al máximo. Disfruta de la música, el teatro, la literatura...Siempre con la mirada puesta en el horizonte, pero los pies bien asentados en la tierra. Bess es práctica, lista, administra con inteligencia sus bienes y sus negocios. Es una esposa enamorada y fiel, pero eso no le impide tener un sentido más amplio y más libre de lo que significa amar. 

A lo largo de la novela vamos cayendo rendidos a los pies de esta mujer admirable, que representa a miles de mujeres de su generación, ávidas por poder realizar sus sueños en una época, (principios del siglo XX), en la que no lo tenían nada fácil; pero su historia y su mensaje trascienden en el tiempo y son toda una lección de vida vigente hoy, y en el futuro.

"Una vida no es suficiente para todas las lecciones que hay que aprender.¡Gracias a Dios por los nietos! Me gustaría que en mi epitafio pusiera: "Continuará""





viernes, 3 de abril de 2015

Aniversario del nacimiento de Washington Irving

El 3 de abril de 1783 nacía en New York, el que, probablemente fue, el primer escritor estadounidense que alcanzó renombre internacional: Washington Irving. Suyas son obras tan conocidas como los "Cuentos de la Alhambra", "Rip Van Winkle" o "Sleepy Hollow" de la que aquí reproducimos un fragmento:


"En toda la región abundan las leyendas locales, los lugares encantados y las supersticiones. Las estrellas fugaces y los meteoros aparecen con más frecuencia aquí que en ninguna otra parte del país; los monstruos parecen haber elegido este lugar como escenario favorito de sus reuniones. Sin embargo, el espíritu dominante que aparece en estas regiones encantadas es un jinete sin cabeza. Se dice que es el espíritu de un soldado de las tropas del gran duque de Hesse al que una bala de cañón le arrancó la cabeza, en una batalla sin nombre, durante una revolución; los campesinos lo ven siempre corriendo por las noches, como si viajara en alas del viento. Sus excursiones no se limitan al valle, sino que a veces se extienden por los caminos adyacentes, especialmente hasta cerca de una iglesia cercana. Algunos de los más fidedignos historiadores de estas regiones, que han coleccionado y examinado cuidadosamente las versiones acerca de este espectro, afirman que el cuerpo del soldado fue enterrado en la iglesia, que su espíritu vuelve a caballo al escenario de la batalla en busca de su cabeza y que la fantástica velocidad con que atraviesa el valle se debe a que ha perdido mucho tiempo y tiene que apresurarse para entrar en el cementerio antes de la aurora."