jueves, 27 de febrero de 2014

El vino de la soledad

"El vino de la soledad"(1935) de Irène Némirovsky es una novela corta e intensa que recoge uno de los temas recurrentes en su obra: la relación, o más exactamente, la mala relación entre una madre y su hija, cuya inspiración es absolutamente autobiográfica.
Irène Némirovsky tuvo escasa relación con su padre, acaudalado hombre de negocios que solía pasar muchas horas jugando en los casinos; y una terrible relación con su madre, Fanny, mujer sofisticada y bella que ocupaba su tiempo cuidando de si misma y coleccionando jóvenes amantes. Para Fanny, el nacimiento de su hija (prácticamente una obligación para satisfacer a su marido) supuso un punto de inflexión en su juventud y le marcó el principio de un declive que nunca supo aceptar y por el que culpó a su hija, la cual abandonó al cuidado de una aya, desentendiéndose como madre.
El periplo vital de Elena, la protagonista de "El vino de la soledad" es muy parecido, sino prácticamente igual, al que vivió la propia autora. Los viajes forzados desde Rusia hasta Francia, pasando por Finlandia; el retrato de los padres de la protagonista, la figura de la aya...ficción y realidad se entremezclan y se hace difícil establecer los límites de donde empieza una y acaba la otra.
No es ésta la única novela en la que Némirovsky se venga literariamente de su madre. También en "El baile" (1930) y sobre todo, en "Jezabel" (1936), recoge el tema de la mujer mundana y egoísta cuya hija va alimentando tal odio y rencor hacia ella, que de un modo u otro acaba por vengarse.
Soberbios son los pasajes en los que la autora describe el estilo de vida de las clases ricas en aquellos tiempos, la atmósfera incierta y asfixiante de las calles en guerra, el episodio del paseo de Elena y su aya que acaba con la desaparición de esta última... y magistrales resultan los retratos humanos de todos y cada uno de los protagonistas de la novela: sus vicios, sus debilidades,sus miedos, todo lo que hace de ellos personas vulnerables, y los salva de ser caricaturas de si mismos, gracias a la manera que tiene Némirovsky de describirlos.
"El vino de la soledad" es un claro ejemplo de escritura como redención, como terapia sanadora y superación del trauma y el dolor de una infancia sin afecto. Cuando termina la obra, sentimos el alivio de habernos quitado una terrible opresión, de haber pasado página y de haber zanjado una importante deuda pendiente que no nos dejaba vivir en paz. Posiblemente la propia Némirovsky debió sentirse así...


domingo, 16 de febrero de 2014

La tumba más hermosa del mundo, Stefan Zweig

"No he visto en Rusia nada más grandioso e impresionante que la tumba de Tolstoi"
 Stefan Zweig

La tumba más hermosa del mundo
No he visto en Rusia nada más grandioso e impresionante que la tumba de Tolstoi. Ese augusto monumento, venerable centro de peregrinación de las generaciones futuras, queda desplazado y solo, sombreado en el bosque. Un sendero estrecho, que discurre sin aparente plan entre claros y maleza, conduce a este túmulo, que no es otra cosa que un pequeño rectángulo amontonado de tierra, que nadie vigila ni ampara, a la sombra única de unos pocos grandes árboles. Y esos árboles descollantes, mecidos suavemente por el viento del temprano otoño, fueron plantados por el mismo León Tolstoi, según me refiere su nieta. Su hermano Nicolás y él habían oído, cuando niños, de boca de alguna ama o aldeana, la antigua conseja de que allí donde se plantan árboles se constituye un lugar de felicidad. Y por eso, jugando, habían hincado por las buenas en la tierra unos cuantos renuevos en determinados lugares y no habían tardado en olvidar este juego de niños. Sólo al cabo de mucho tiempo se acordó Tolstoi de aquella anécdota infantil y del extraño augurio de felicidad, que se presentó de repente al hombre fatigado de la vida como provisto de un significado nuevo y más bello. E inmediatamente expresó su deseo de ser enterrado bajo aquellos árboles plantados por él mismo.
 Se cumplió puntualmente esta voluntad de Tolstoi, y aquel lugar pasó a ser la tumba más bella, impresionante y triunfal del mundo. Un pequeño túmulo rectangular en medio del bosque, recubierto de flores –nulla crux, nulla corona–, sin cruz, ni lápida, ni inscripción, y ni siquiera el nombre: “Tolstoi”. El gran hombre está enterrado en el anonimato; el que sufría como ninguno bajo el peso de su nombre y fama, enterrado como cualquier vagabundo hallado por casualidad. A nadie se impide el acceso a su último lugar de descanso; la débil cerca que lo rodea no está cerrada: nada protege el descanso de León Tolstoi sino el respeto de los hombres, que, en otros casos, se complacen en turbar con su curiosidad las tumbas de los grandes. Pero aquí justamente la irrefutable sencillez proscribe la desatada curiosidad e impone hablar en voz baja. El viento susurra en los árboles que cobijan la tumba del anónimo; el sol juguetea sobre ella; la nieve pone en invierno su tierna nota de blancor sobre la tierra oscura, y se podría transitar por aquí, verano e invierno, sin advertir que ese pequeño rectángulo prominente  acogió en su seno la parte terrena de uno de los hombres más poderosos de nuestro mundo. Mas precisamente ese anonimato conmueve más que todos los mármoles y pompas posibles: de los centenares de personas de hoy, este día excepcional, ha atraído hacia su rincón de descanso, ninguno ha tenido el atrevimiento de tomar como recuerdo ni una sola flor del oscuro túmulo. Nada de este mundo resulta más monumental –eso se experimenta de continuo– que la suprema sencillez. Ni la cripta de Napoleón bajo los mármoles de los Inválidos, ni el sepulcro de Goethe en la tumba principesca de Weimar, ni el sarcófago de Shakespeare en la abadía de Westminster impresionan a su vista una y otra vez las fibras más humanas del hombre como esa conmovedora tumba anónima perdida en el bosque, con su solemne silencio, en la que sólo susurra el viento y que está desprovista de todo aviso y palabra.

Stefan Zweig
 Hombre, libros y ciudades

viernes, 14 de febrero de 2014

El secreto de los Hoffman

A raíz de la muerte de Constanza, se reúnen en su entierro, su marido, su hija y sus dos nietos,un reencuentro que hará reabrir viejas heridas y secretos del pasado, que han condicionado y marcado la vida de cada uno de los miembros de la familia.
Aunque el título y el diseño de la portada puedan sugerirnos que se trata de una novela quizá de intriga o misterio, nada más lejos de la realidad. Ésta es ante todo, una novela de sentimientos, de confesiones, de relaciones familiares complejas, de miedos e inseguridades, pero sobre todo es una novela que rezuma amor en cada una de sus páginas.
El amor, no entendido a nivel erótico, de pareja, sino el amor como base de relación entre personas con unos vínculos familiares concretos que no siempre son fáciles de llevar ni de entender. A lo largo de la novela estas relaciones van rompiendo fingimientos y convencionalismos, para reconstruir, a partir de los pedazos rotos, relaciones más auténticas y sinceras. 
Los personajes van quitándose las máscaras en un duro ejercicio de sinceridad y van dejando emerger sus verdaderos sentimientos y personalidades.
Hay tanta carga emocional en la historia que cada pasaje es un paso más allá en la evolución emocional de los protagonistas. Todos empiezan la novela siendo de una manera y terminan siendo nuevas personas,liberadas de sus miedos y sus tragedias.
El autor describe todo este proceso evolutivo con una gran maestría. La lectura fluye, nos arrastra, entre fragmentos cargados de humor, de ironía , pasajes socarrones que nos hacen sonreir; hasta momentos tiernos, conmovedores o incluso, muy tensos.
Ha sido un verdadero placer descubrir a Alejandro Palomas. Resulta complicado escribir sobre sentimientos sin caer en la ñoñería o la lágrima fácil, y Palomas lo consigue.

viernes, 7 de febrero de 2014

La mejor inversión

Hace un par de semanas, una mañana de domingo como tantas otras, me fui a dar una vuelta por el Mercado de San Antonio de Barcelona. Como todos los aficionados a la literatura saben, las mañanas de los domingos, el Mercado ofrece libros, películas, y variados objetos de coleccionismo, de segunda mano y a buen precio, por lo cual siempre es fácil volver a casa con aquel libro que andábamos buscando y al fin encontramos, o con alguna novedad a precio irresistible o alguna rareza varia. Lo que está claro es que pocas veces volvemos a casa con las manos vacías...por no decir, nunca.
El caso es que ese día, cuando ya casi acababa el recorrido entre las paradas de libros, me llamó la atención un oscuro lomo verde reluciente, escondido entre una pila de ofertas a 5 euros. Lo cogí y vi que era una edición del Círculo de lectores ,de las Historias de fantasmas "Para leer al anochecer" de Charles Dickens. Hacía tiempo que me apetecía mucho tener este libro, cuando una de mis editoriales favoritas, Impedimenta, lo publicó. Desconocía esta edición de Círculo de lectores pero el perfecto estado del volumen y su precio me interesaron enseguida. Sin embargo, al abrirlo para ojearlo, me dí cuenta que una página estaba casi completamente partida por la mitad. La vendedora se dio cuenta y extendió la mano para arrebatarme el libro, diciendo: "Vaya, veo que está roto. Se habrá colado porque todos nuestros libros están en perfecto estado.Traiga que lo retiro de la venta" Supongo que debió ver la expresión de mi cara ,¿sorprendida?, ¿aterrada?, ¿disgustada?, ¿decepcionada?...que antes de darme tiempo a responder añadió: " Bueno, si quiere, me da 1 euro y se lo lleva".
Un poco de cola blanca y papel encerado, y el libro como nuevo.
En mucho tiempo, ha sido mi mejor euro invertido. Sin ninguna duda.



El Paraíso imperfecto. Recordando a Monterroso

Decía Ernesto Sabato:" Un buen escritor expresa grandes cosas con pequeñas palabras; a la inversa del mal escritor, que dice cosas insignificantes con palabras grandiosas." Pues Augusto Monterroso sería un perfecto representante de lo que para Sabato, y para muchos de nosotros, debe ser un buen escritor. Ni le sobra, ni le falta una sola palabra. Es un verdadero maestro en el cultivo del microrrelato y también lo es cuando la extensión de sus textos van más allá de una simple línea. Monterroso es ironía, ternura, poesía y reflexión. 
Desde aquí, y como recuerdo en el día del aniversario de su fallecimiento, recomendamos "El paraíso imperfecto", que da nombre a uno de sus pequeños relatos más conocidos, publicado por Debolsillo (Random House), con un subtitulo precioso: "Antología tímida". Os dejamos con una muestra de su buen hacer literario:


Fecundidad
Hoy me siento bien, un Balzac; estoy terminando esta línea.


El paraíso imperfecto
-Es cierto -dijo mecánicamente el hombre, sin quitar la vista de las llamas que ardían en la chimenea aquella noche de invierno-; en el Paraíso hay amigos, música, algunos libros; lo único malo de irse al Cielo es que allí el cielo no se ve.



Epitafio encontrado en el cementerio Monte Parnaso de San Blas, S.B
Escribió un drama: dijeron que se creía Shakespeare;

Escribió una novela: dijeron que se creía Proust;
Escribió un cuento: dijeron que se creía Chejov;
Escribió una carta: dijeron que se creía Lord Chesterfield;
Escribió un diario: dijeron que se creía Pavese;
Escribió una despedida: dijeron que se creía Cervantes;
Dejo de escribir: dijeron que se creía Rimbaud;
Escribió un epitafio: dijeron que se creía difunto.


Los libros tienen su propia suerte
Los libros tienen sus propios hados. Los libros tienen su propio destino. Una vez escrito –y mejor si publicado, pero aun esto no es imprescindible– nadie sabe qué va a ocurrir con tu libro. Puedes alegrarte, puedes quejarte o puedes resignarte. Lo mismo da: el libro correrá su propia suerte y va a prosperar o a ser olvidado, o ambas cosas, cada una a su tiempo.

No importa lo que hagas por él o con él.
Puede quedarse escondido o escrito en cifra en un desván y ser descubierto ciento treinta y dos años más tarde; estar en todas las vitrinas y en manos y en bocas de todos y pasar al olvido inmediatamente después de tu muerte, cuando para la gente seas apenas un nombre o un fantasma, o ni tan sólo un fantasma; cuando hayas desaparecido y ya ninguno te tema o espere favores de ti; o ya seas simpático y tu famoso ingenio no haga reír a más nadie, porque nadie estará ahí para reírse, ni contigo y ni siquiera de ti.
O al contrario, donde los dulces novios pasaban de largo agarrados de la mano sin dignarse a echar una mirada a tu querido libro, del que sólo tú sabes el trabajo que te costó, el amor que le pusiste y las dudas que te inspiró sumiéndote en la desesperanza, la sensación de impotencia y el rencor; donde la buena gente distraída te ignoraba, ahora lo toma en sus manos incrédula ante tanta maravilla que antes ni sospechaba, lo paga y se lo lleva a su casa, habla de él con sus amigos, lo presta o no lo presta, según, subraya párrafos, y en la noche, no importa la hora, despierta a su esposa o esposo y le dice oye esto.
(Pero tú andarás muy lejos. No puedes verlo ni oírlo porque tal vez ya estés muerto sin que de la gloria del mundo te haya tocado en vida ni esa alegre migaja.)
Ahora tu libro va debajo de los más extraños brazos y se halla en todas las mentes.
Calma; no sufras: mañana lo va a estar también y pasado mañana, y todos los días y los siglos venideros.
Resulta que los aplausos que recibió eran en realidad merecidos, y los premios que le dieron también, y como hoy, las cosas seguirán igual y hasta mejor: los niños de las escuelas irán el día de tu aniversario a la calle que lleva tu nombre, y el ministro dirá su discurso, mil quinientos años lejos, y podrás ver desde el lugar en que estés a aquellos seres extraños diciendo palabras en un idioma que ya no comprendes, y en un momento dado el ministro levantará la vista y el brazo y agitará su papel en la mano como saludándote y como diciendo no te preocupes por tu mensaje, estamos contigo y te queremos mucho; mientras, los niños, mirarán asimismo hacia lo alto y se llevarán la mano a los ojos cubriéndolos no sabrás si del sol o de tu propio resplandor.


jueves, 6 de febrero de 2014

Anna Karenina

"Anna Karenina" de Leon Tolstoi es la historia de una mujer adúltera y de las consecuencias que se derivan de ese adulterio. Pero aunque, efectivamente, ese es el eje fundamental en torno al cual se construye la narración, resultaría demasiado simplista resumirlo así, porque "Anna Karenina" es, efectivamente la historia de un adulterio, pero es eso y mucho más.
Ésta es una novela que habla de hombres y mujeres, de pasiones, de ideales y de bajezas,  de maneras de ser, de sentir, de pensar.
El autor lleva a cabo, un análisis profundo y atento de una serie de  personajes que se mueven en un marco social y histórico muy concreto, la Rúsia de finales del siglo XIX. A través de ellos, Tolstoi  aprovecha para disertar sobre la vida y la muerte, la religión, el sentido de la existencia, la política, el comportamiento de hombres y mujeres en una sociedad que juzga, aprueba o condena, según los actos de cada cual.
La protagonista se nos presenta por primera vez como una mujer encantadora, sensata, absolutamente convencional, que ayuda al crápula de su hermano para que su esposa le perdone una de tantas infidelidades conyugales. Pero poco después, en la vida ordenada y burguesa de Anna, se cruzará el atractivo Vronsky por el que ella, ciega de pasión , lo dejará todo: marido, hijo, amigos... Pero, como no podía ser de otra manera, debido a la moral estricta de Tolstoi, este amor loco y adúltero, estará condenado a un trágico destino.
Paralelamente a la historia de Anna y Vronsky, se desarrolla la de Leonyn y Kitty, que representaría la otra cara de la moneda. Una relación que intuimos, cuenta con toda la simpatía del autor. Leonyn es un claro "alter ego" de Tolstoi, un personaje que intenta cambiar el mundo y la sociedad en la que vive, cuestionando política, filosofía y religión. Junto a él, siempre Kitty, una muchacha que parece frívola y delicada y que al final resultará ser mucho más fuerte y decidida de lo que aparenta.
He disfrutado mucho leyendo esta novela y reivindico una lectura más amplia. Resulta demasiado reduccionista quedarnos simplemente con la tragedia de Anna, cuya evolución como personaje no acaba de convencerme. Me resulta un tanto inverosímil esa transformación de la Anna equilibrada y sensata de las primeras páginas, a la Anna enloquecida de celos, posesiva, absorbente y tan dependiente de Vronsky como del opio, en la parte final. 
Anna se deja arrastrar por la pasión amorosa y ello comporta incluso el abandono de su único hijo. Esta relación con el niño, y el rechazo hacia la hija que tiene con Vronsky  la convierten en una mala madre, egoísta e indiferente. Tolstoi castiga duramente el adulterio y lo lleva hasta las últimas consecuencias. Un final que no es sorpresa para nadie y que no podía ser otro.
Hay mucha filosofía en las páginas de "Anna Karenina", muchas reflexiones con las que podremos estar o  no de acuerdo con el autor, pero es innegable que nos encontramos ante un monumental fresco que retrata con brillante maestría la Rúsia de finales del XIX. Y es esta visión social, política e histórica la que realmente le da a esta novela, según mi punto de vista, la grandeza y el derecho a haberse convertido en uno de los mejores clásicos de la literatura universal.


miércoles, 29 de enero de 2014

Aniversario del nacimiento de Anton Chejov

Anton Chejov nació el 29 de enero de 1860 en Taganrog, una ciudad a orillas del mar de Azov. Empezó muy joven su actividad literaria para ayudar económicamente a su familia, de manera que , entre 1882 y 1887 llegó a publicar unos 600 cuentos, además de crónicas y artículos críticos. Fueron estos cuentos, junto a su producción teatral lo que convirtieron a Chejov en uno de los más importantes escritores rusos, reconocido triunvirato con Dostoievski y Tolstoi.
Chejov decía de si mismo que "sé hablar con pocas frases de cosas largas", y realmente es lo que caracteriza su literatura. Conciso, breve, sin artificios ni retórica vacía, Chejov cuenta lo que ve, tal como lo ve, con una ironía suave, un dramatismo tenue que envuelve la vida de los personajes que retrata en pequeñas estampas magistrales de las clases media y baja.
Hace unos años, en un programa de televisión en el que se debatía sobre el cuento, la gran Ana María Matute, al ser preguntada por sus gustos en cuanto a dicho género, nombró a Chejov y puso como ejemplo de relato, "Vanka", la triste historia de un muchacho separado de su abuelo al que escribe cada noche con la esperanza de ser leído, ignorando que sus cartas no llegarán jamás a su destino. Ya sólo por la recomendación de Matute hay que leer "Vanka". Es realmente un sencillo, emotivo y bello cuento de los que se nos quedan para siempre grabados en la memoria : 

Vanka
[Cuento. Texto completo.]

Anton Chejov

Vanka Chukov, un muchacho de nueve años, a quien habían colocado hacía tres meses en casa del zapatero Alojin para que aprendiese el oficio, no se acostó la noche de Navidad.

Cuando los amos y los oficiales se fueron, cerca de las doce, a la iglesia para asistir a la misa del Gallo, cogió del armario un frasco de tinta y un portaplumas con una pluma enrobinada, y, colocando ante él una hoja muy arrugada de papel, se dispuso a escribir.

Antes de empezar dirigió a la puerta una mirada en la que se pintaba el temor de ser sorprendido, miró el icono oscuro del rincón y exhaló un largo suspiro.

El papel se hallaba sobre un banco, ante el cual estaba él de rodillas.

«Querido abuelo Constantino Makarich -escribió-: Soy yo quien te escribe. Te felicito con motivo de las Navidades y le pido a Dios que te colme de venturas. No tengo papá ni mamá; sólo te tengo a ti...

Vanka miró a la oscura ventana, en cuyos cristales se reflejaba la bujía, y se imaginó a su abuelo Constantino Makarich, empleado a la sazón como guardia nocturno en casa de los señores Chivarev. Era un viejecito enjuto y vivo, siempre risueño y con ojos de bebedor. Tenía sesenta y cinco años. Durante el día dormía en la cocina o bromeaba con los cocineros, y por la noche se paseaba, envuelto en una amplia pelliza, en torno de la finca, y golpeaba de vez en cuando con un bastoncillo una pequeña plancha cuadrada, para dar fe de que no dormía y atemorizar a los ladrones. Lo acompañaban dos perros: Canelo y Serpiente. Este último se merecía su nombre: era largo de cuerpo y muy astuto, y siempre parecía ocultar malas intenciones; aunque miraba a todo el mundo con ojos acariciadores, no le inspiraba a nadie confianza. Se adivinaba, bajo aquella máscara de cariño, una perfidia jesuítica.

Le gustaba acercarse a la gente con suavidad, sin ser notado, y morderla en las pantorrillas. Con frecuencia robaba pollos de casa de los campesinos. Le pegaban grandes palizas; dos veces había estado a punto de morir ahorcado; pero siempre salía con vida de los más apurados trances y resucitaba cuando lo tenían ya por muerto.

En aquel momento, el abuelo de Vanka estaría, de fijo, a la puerta, y mirando las ventanas iluminadas de la iglesia, embromaría a los cocineros y a las criadas, frotándose las manos para calentarse. Riendo con risita senil les daría vaya a las mujeres.

-¿Quiere usted un polvito? -les preguntaría, acercándoles la tabaquera a la nariz.

Las mujeres estornudarían. El viejo, regocijadísimo, prorrumpiría en carcajadas y se apretaría con ambas manos los ijares.

Luego les ofrecería un polvito a los perros. El Canelo estornudaría, sacudiría la cabeza, y, con el gesto huraño de un señor ofendido en su dignidad, se marcharía. El Serpiente, hipócrita, ocultando siempre sus verdaderos sentimientos, no estornudaría y menearía el rabo.

El tiempo sería soberbio. Habría una gran calma en la atmósfera, límpida y fresca. A pesar de la oscuridad de la noche, se vería toda la aldea con sus tejados blancos, el humo de las chimeneas, los árboles plateados por la escarcha, los montones de nieve. En el cielo, miles de estrellas parecerían hacerle alegres guiños a la Tierra. La Vía Láctea se distinguiría muy bien, como si, con motivo de la fiesta, la hubieran lavado y frotado con nieve...

Vanka, imaginándose todo esto, suspiraba.

Tomó de nuevo la pluma y continuó escribiendo:

«Ayer me pegaron. El maestro me cogió por los pelos y me dio unos cuantos correazos por haberme dormido arrullando a su nene. El otro día la maestra me mandó destripar una sardina, y yo, en vez de empezar por la cabeza, empecé por la cola; entonces la maestra cogió la sardina y me dio en la cara con ella. Los otros aprendices, como son mayores que yo, me mortifican, me mandan por vodka a la taberna y me hacen robarle pepinos a la maestra, que, cuando se entera, me sacude el polvo. Casi siempre tengo hambre. Por la mañana me dan un mendrugo de pan; para comer, unas gachas de alforfón; para cenar, otro mendrugo de pan. Nunca me dan otra cosa, ni siquiera una taza de té. Duermo en el portal y paso mucho frío; además, tengo que arrullar al nene, que no me deja dormir con sus gritos... Abuelito: sé bueno, sácame de aquí, que no puedo soportar esta vida. Te saludo con mucho respeto y te prometo pedirle siempre a Dios por ti. Si no me sacas de aquí me moriré.»

Vanka hizo un puchero, se frotó los ojos con el puño y no pudo reprimir un sollozo.

«Te seré todo lo útil que pueda -continuó momentos después-. Rogaré por ti, y si no estás contento conmigo puedes pegarme todo lo que quieras. Buscaré trabajo, guardaré el rebaño. Abuelito: te ruego que me saques de aquí si no quieres que me muera. Yo escaparía y me iría a la aldea contigo; pero no tengo botas, y hace demasiado frío para ir descalzo. Cuando sea mayor te mantendré con mi trabajo y no permitiré que nadie te ofenda. Y cuando te mueras, le rogaré a Dios por el descanso de tu alma, como le ruego ahora por el alma de mi madre.

«Moscú es una ciudad muy grande. Hay muchos palacios, muchos caballos, pero ni una oveja. También hay perros, pero no son como los de la aldea: no muerden y casi no ladran. He visto en una tienda una caña de pescar con un anzuelo tan hermoso que se podrían pescar con ella los peces más grandes. Se venden también en las tiendas escopetas de primer orden, como la de tu señor. Deben costar muy caras, lo menos cien rublos cada una. En las carnicerías venden perdices, liebres, conejos, y no se sabe dónde los cazan.

«Abuelito: cuando enciendan en casa de los señores el árbol de Navidad, coge para mí una nuez dorada y escóndela bien. Luego, cuando yo vaya, me la darás. Pídesela a la señorita Olga Ignatievna; dile que es para Vanka. Verás cómo te la da.»

Vanka suspira otra vez y se queda mirando a la ventana. Recuerda que todos los años, en vísperas de la fiesta, cuando había que buscar un árbol de Navidad para los señores, iba él al bosque con su abuelo. ¡Dios mío, qué encanto! El frío le ponía rojas las mejillas; pero a él no le importaba. El abuelo, antes de derribar el árbol escogido, encendía la pipa y decía algunas chirigotas acerca de la nariz helada de Vanka. Jóvenes abetos, cubiertos de escarcha, parecían, en su inmovilidad, esperar el hachazo que sobre uno de ellos debía descargar la mano del abuelo. De pronto, saltando por encima de los montones de nieve, aparecía una liebre en precipitada carrera. El abuelo, al verla, daba muestras de gran agitación y, agachándose, gritaba:

-¡Cógela, cógela! ¡Ah, diablo!

Luego el abuelo derribaba un abeto, y entre los dos lo trasladaban a la casa señorial. Allí, el árbol era preparado para la fiesta. La señorita Olga Ignatievna ponía mayor entusiasmo que nadie en este trabajo. Vanka la quería mucho. Cuando aún vivía su madre y servía en casa de los señores, Olga Ignatievna le daba bombones y le enseñaba a leer, a escribir, a contar de uno a ciento y hasta a bailar. Pero, muerta su madre, el huérfano Vanka pasó a formar parte de la servidumbre culinaria, con su abuelo, y luego fue enviado a Moscú, a casa del zapatero Alajin, para que aprendiese el oficio...

«¡Ven, abuelito, ven! -continuó escribiendo, tras una corta reflexión, el muchacho-. En nombre de Nuestro Señor te suplico que me saques de aquí. Ten piedad del pobrecito huérfano. Todo el mundo me pega, se burla de mí, me insulta. Y, además, siempre tengo hambre. Y, además, me aburro atrozmente y no hago más que llorar. Anteayer, el ama me dio un pescozón tan fuerte que me caí y estuve un rato sin poder levantarme. Esto no es vivir; los perros viven mejor que yo... Recuerdos a la cocinera Alena, al cochero Egorka y a todos nuestros amigos de la aldea. Mi acordeón guárdalo bien y no se lo dejes a nadie. Sin más, sabes que te quiere tu nieto

                                         VANKA CHUKOV

Ven en seguida, abuelito.»

Vanka plegó en cuatro dobleces la hoja de papel y la metió en un sobre que había comprado el día anterior. Luego, meditó un poco y escribió en el sobre la siguiente dirección:

«En la aldea, a mi abuelo.»

Tras una nueva meditación, añadió:

«Constantino Makarich.»

Congratulándose de haber escrito la carta sin que nadie lo estorbase, se puso la gorra, y, sin otro abrigo, corrió a la calle.

El dependiente de la carnicería, a quien aquella tarde le había preguntado, le había dicho que las cartas debían echarse a los buzones, de donde las recogían para llevarlas en troika a través del mundo entero.

Vanka echó su preciosa epístola en el buzón más próximo...

Una hora después dormía, mecido por dulces esperanzas.

Vio en sueños la cálida estufa aldeana. Sentado en ella, su abuelo les leía a las cocineras la carta de Vanka. El perro Serpiente se paseaba en torno de la estufa y meneaba el rabo...