miércoles, 21 de septiembre de 2016

"Entre dioses y monstruos"

Libros sobre cine, dedicados a películas, biografías sobre actores o directores famosos, memorias...hay para todos los gustos y exigencias, desde obras de consulta básica a enciclopedias cinematográficas plagadas de datos, manuales para profesionales del gremio o cinéfilos estudiosos, libros dedicados a los actores y actrices más famosos de todos los tiempos, a las películas de moda o a los grandes clásicos, de consumo apto para todo tipo de público y maravillosos volúmenes profusamente ilustrados con fotografías en color y/o blanco y negro según la época más o menos dorada del Séptimo Arte.

El libro que nos ocupa, "Entre dioses y monstruos. Historias de cine y vida", de Joan Lluís Goas, publicado por Alrevés editorial, no es nada de todo lo enumerado anteriormente.
Es, ante todo, un viaje al pasado de su autor rescatando de la memoria infinidad de anécdotas vividas con diferentes personalidades vinculadas al mundo del cine, directores, actores, productores, muy conocidos la mayoría, muy destacados los más, y algún que otro personaje que no dejará más huella en la historia del celuloide que la de las patadas y puñetazos repartidos en sus películas.

Joan Lluís Goas dirigió durante diez años el Festival Internacional de Cinema Fantàstic de Sitges. Periodista y persona culturalmente inquieta, su larga trayectoria profesional ha estado y está siempre vinculada al mundo del cine, el teatro y la televisión. Ahora, se estrena con este libro que posiblemente sea una primera experiencia que tendrá continuidad en el futuro.

Pero, uno se preguntará, con toda la extensa oferta de libros sobre el mundo del cine que hay publicados, ¿qué nos ofrece en concreto, éste? Posiblemente lo mejor sea su tono asequible, apto para todo tipo de lector.
El cinéfilo exigente encontrará al final de cada capítulo una completa filmografía de cada personaje, amén de descubrir alguna faceta desconocida de sus estrellas admiradas u odiadas (habrá de todo...). El cinéfilo menos cultivado o simplemente el aficionado de a pie, se entretendrá y divertirá con las experiencias y anécdotas de los famosos. Y todos los lectores podrán disfrutar de una selección musical para Spotify sugerida para cada capítulo.

Anthony Perkins, Roger Moore, Christopher Lee, Gerard Depardieu,  Harrison Ford, Quentin Tarantino, Dario Argento, Ridley Scott o incluso Michael Jackson son solo unos cuantos de la treintena de personajes reunidos en este libro escrito desde el cariño o el desafecto según se trate de un dios o un monstruo el protagonista del recuerdo, pero siempre con un tono divertido, sutilmente irónico y con la sensación de que la posible nostalgia se ve superada por la fuerza evocadora del recuerdo.

Una obra recomendable para pasar un buen rato entretenido y conocer aspectos muy personales de los grandes (y no tan grandes) mitos del Séptimo Arte.



"...cuando Kong acuna con su mano a Ann y la deposita con sumo cuidado en el árbol para defenderla de un Tiranosaurio Rex, Fay, sorprendida y coqueta, me comentó: "Mira qué piernas, en esa época fueron las más deseadas de América"" (Cap. 1 - Fay Wray)


"De aspecto neomod y piel blanquísima, David Lynch dio desde el primer momento todas las facilidades posibles para la promoción de su película. Terciopelo Azul sorprendió y a la vez cautivó al público y a la prensa. Se sabía que el director estaba un poco atormentado con cierto tipo de obsesiones y fijaciones creativas, pero hasta entonces no había explotado el universo de posibilidades que a partir de este film iba a ofrecernos..." (Cap.11 - David Lynch)



"Aún recuerdo la filosofía que impregnaba su portentosa clarividencia fílmica y su profundo discurso en aquel lejano 1988: "El futuro no existe, no planifiques, en esta vida el azar lo cambia todo. (Cap. 28 - David Cronenberg)

martes, 30 de agosto de 2016

Viajando a través de la lectura

Dijo Emily Dickinson que "la mejor nave para viajar es un libro". ¿Lo habéis comprobado? Yo sí.
Por circunstancias personales este verano lo he pasado en la ciudad, sin posibilidad de viajar, pero afortunadamente, gracias a la lectura, he visitado París, Italia e Islandia en poco más de un mes.

Empecé viajando al París de los años 20 con "París era una fiesta" de la mano de Ernest Hemingway y junto a él saboreé café y alguna que otra copa (el unas cuantas más) en las terrazas de los cafés parisinos dónde bullía la vida literaria y cultural de la época.

Estuve en casa de la imponente Gertrude Stein y me codeé con F. Scott Fitzgerald y su esposa Zelda, conociéndolos a todos un poco más allá de su obra literaria. Fue un inolvidable viaje en el tiempo y el espacio, a la vez que una lectura de lo más interesante y placentera.

Tras mi paso por la capital francesa emprendí rumbo a Italia, a esa Italia profundamente mediterránea, árida y salvaje retratada a través de un pueblecito imaginario del Sur en "El sol de los Scorta" de Laurent Gaudé. Allí, entre olivos bañados por un sol implacable acompañé a varias generaciones de una misma familia compartiendo con ella, sueños, luchas y esperanzas.

Para huir del calor sofocante que en la realidad y también en la ficción viví con esta gran novela, puse rumbo a Islandia con "Entre cielo y tierra" de Jón Kallman Steffánsson. Fríos e inhóspitos, los gélidos paisajes islandeses me llevaron a pescar junto a rudos marineros, a escuchar las historias de sus habitantes, a llorar sus pérdidas y por encima de todo, a deleitarme con la prosa exquisita y el depurado estilo narrativo del autor de esta novela que ha sido un auténtico placer descubrir. Y aún más placentero ha sido enterarme que esta obra es la primera de una trilogía cuyo segundo volumen "La tristeza de los ángeles" ya tengo entre manos. Seguiré por un tiempo en Islandia. Después ya veremos a donde me lleva el arrebatador poder de la lectura...



lunes, 25 de julio de 2016

Escritos sobre literatura, Hermann Hesse

“Es muy habitual entre nosotros considerar cada trozo de papel impreso como un valor, y que todo lo impreso es fruto de un trabajo intelectual y merece respeto.

De vez en cuando se puede encontrar uno junto al mar o en las montañas a alguna persona aislada cuya vida no ha sido alcanzada todavía por la marea del papel y para la que un calendario, un folleto o incluso un periódico son bienes valiosos y dignos de ser conservados. Estamos acostumbrados a recibir en casa gratuitamente grandes cantidades de papel, y el chino que piensa que todo papel escrito o impreso es sagrado nos hace sonreír.

A pesar de todo se ha conservado el respeto al libro. Aunque últimamente se distribuyen gratuitamente y empiezan a convertirse aquí y allá en material de saldo. Por lo demás, parece que precisamente en Alemania, está creciendo el afán de poseer libros.

Claro que todavía no se sabe lo que significa realmente poseer libros. Muchos se niegan a gastar en libros ni la décima parte de lo que dedican a cerveza y otras banalidades. Para otros, más anticuados, el libro es algo sagrado que acumula polvo en la sala de estar sobre un mantelito de terciopelo.

En el fondo, todo lector auténtico es también amigo de los libros. Porque el que sabe acoger y amar un libro con el corazón, quiere que sea suyo a ser posible, quiere volver a leerlo, poseerlo y saber que siempre está cerca y a su alcance. Tomar un libro prestado, leerlo y devolverlo, es una cosa sencilla; en general lo que se ha leído así se olvida tan pronto como el libro desaparece de casa. Hay lectores, especialmente las mujeres desocupadas, que son capaces de devorar un libro cada día, y para éstos la biblioteca pública es al fin la fuente adecuada, ya que de todos modos no quieren coleccionar tesoros, hacer amigos y enriquecer su vida, sino satisfacer un capricho. A esa especie de lectores que Gottfried Keller supo retratar tan bien en una ocasión, hay que dejarla con su vicio. Para el buen lector, leer un libro significa aprender a conocer la manera de ser y pensar de una persona extraña, tratar de comprenderla y quizá ganarla como amigo. Cuando leemos a los poetas, no conocemos solamente un pequeño círculo de personas y hechos, sino sobre todo al escritor, su manera de vivir y ver, su temperamento, su aspecto interior, finalmente su caligrafía, sus recursos artísticos, el ritmo de sus pensamientos y de su lenguaje. El que quedó cautivado un día por un libro, el que empieza a conocer y entender al autor, el que logró establecer una relación con él, para ése empieza a surtir verdaderamente efecto el libro.

Por eso no se desprenderá de él, no lo olvidará, sino que lo conservará, es decir, lo comprará, para leer y vivir en sus páginas cuando lo desee. El que compra así, el que siempre adquiere únicamente aquellos libros que le han llegado al corazón por su tono y por su espíritu, dejará pronto de devorar lectura a ciegas, y con el tiempo reunirá a su alrededor un círculo de obras queridas, valiosas en el que hallará alegría y sabiduría, y que siempre será más valioso que una lectura desordenada, causal, de todo lo que cae en sus manos.

No existen los mil o cien “mejores libros”; para cada individuo existe una selección especial de los que le son afines y comprensibles, queridos y valiosos. Por eso no se puede crear una biblioteca por encargo, cada uno tiene que seguir sus necesidades y su amor, y adquirir lentamente una colección de libros como adquiere a sus amigos. Entonces una pequeña colección puede significar un mundo para él. Los mejores lectores han sido siempre precisamente los que limitaban sus necesidades a muy pocos libros, y más de una campesina que solamente conoce la Biblia ha sacado de ella más sabiduría, consuelo y alegría que los que logre extraer jamás cualquier rico mimado de su valiosa biblioteca.

El efecto de los libros es algo misterioso. Todos los padres y educadores han hecho la experiencia de creer que le daban a un niño o a un adolescente un excelente libro y escogido en el momento adecuado y luego veían que había sido un error. Cada cual, joven o viejo, tiene que encontrar su propio camino hacia el mundo de los libros, aunque el consejo y la amable tutela de los amigos puede ayudar mucho. Algunos se sienten pronto a gusto entre los escritores y otros necesitan largos años hasta comprender lo dulce y maravilloso que es leer. Se puede comenzar con Homero y acabar con Dostoievski o al revés, se puede ir creciendo con los poetas y pasar al final con los filósofos o al revés; hay cien caminos. Pero sólo existe una ley y un camino para cultivarse y crecer intelectualmente con los libros, y es el respeto a lo que se está leyendo, la paciencia de querer comprender, la humildad de tolerar, escuchar. El que solamente lee como pasatiempo, por mucho y bueno que sea lo que lea, leerá y olvidará y luego será tan pobre como antes. Pero al que lee como se escucha a los amigos, los libros le revelarán sus riquezas y serán suyos. Lo que lea no resbalará, ni se perderá, sino que se quedará con él y le pertenecerá y consolará, como sólo los amigos son capaces de hacerlo”.

Hermann Hesse, En “Escritos sobre literatura”, Alianza Editorial, Madrid, 1983.




viernes, 22 de julio de 2016

Manual de autoayuda, Miguel Ángel Carmona del Barco

Un buen amigo mío tiene la teoría de que el 90% de las buenas novelas (aplíquese también a los relatos) son duras. O tristes. O hablan de lo que nos falta. Carencias y aflicciones. No anda equivocado y al leer este "Manual de autoayuda" de Miguel Ángel Carmona del Barco, publicado por Salto de Página, enseguida he pensado en él y en que voy a regalarle un ejemplar del libro, porque su teoría cuadra aquí a la perfección, no faltan en estos cuentos carencias y aflicciones como él dice y que en estos relatos se desgranan de manera persistente, horadándonos el alma.

Queda avisado el posible lector que no va a encontrar unas historias amables, ni de fácil digestión. Al contrario, a medida que avanzamos la lectura, algo nos va removiendo y revolviendo en lo más profundo de nuestro interior, de la manera más directa e intencionada posible.

No saldremos indemnes de la lectura y ahí radica la grandeza de estas historias.

La narrativa de Carmona del Barco atrapa, atenaza y no suelta; ahoga y hiere, de tal manera que tocados de muerte por una especie de masoquismo lector, es imposible parar de leer, hasta acabar, uno tras otro, todos los cuentos.

En su mayoría son relatos sórdidos, protagonizados por perdedores, desesperados, hombres y mujeres que viven perdidos en sus propias miserias, confundidos y marginados aunque no obstante, buscan y se aferran a lo que puede ser para ellos una mínima esperanza de redención, quizá un mínimo sentido a sus confusas y precarias vidas.

Todos los protagonistas de estos cuentos, en el fondo, buscan respuestas como hace el payaso de "Hilvanes": "Rebusco en los cajones del único mueble: el que contiene los escasos enseres que me cosen a la vida, los hilvanes de mi paso por esta tierra". Todos saben que "estamos hechos de fracaso", como revela el padre a la protagonista de "El título". Todos se enfrentan a sus circunstancias sin miedo pero con una cierta esperanza: "...no me asusta el dolor, pero preferiría que me quisieran", como dice la adolescente con problemas de peso en "Más sola que la luna" o "Hay tanto odio en el mundo; tanta falta de amor. Yo busco mi porción en las estaciones de autobuses" ("Mínima alma"). Todos anhelan un cambio, como el "Pasajero": "Escucho los gritos, las sirenas y un gran estruendo de teléfonos móviles, como pájaros en bandada. Sueño con levantar el vuelo y marcharme con ellos." Todos comparten una actitud parecida frente a su suerte: "Uno siente pena por los demás cuando necesita creer que la vida de los otros es peor que la propia". ("Anagnórisis").

Cada historia tendrá su desenlace, cada personaje correrá la suerte que le depara el destino pero quizá aún hay esperanza cuando Dios brilla en forma de luz en los ojos de un niño ("Se ofrece mujer triste como modelo para fotógrafo loco"). Una bella imagen cargada de fuerza y poesía de la que también gozan estos cuentos.

A lo largo de las historias, de vez en cuando, a modo de pinceladas o salpicaduras vamos descubriendo imágenes tan poéticas como "me duele la imaginación" ("Hilvanes"), "La piel es el uniforme de nuestra raza" o "Sebas no es un hombre; es un salón con chimenea dónde sentarse en una tarde lluviosa" ("McHegel"), "Mi madre me recibe, como siempre en el último mes, con las lágrimas inundándole el cerebro" ("El transplante"), "Necesitaba estar sobria de compañía", "El aroma de una mandarina se asoma al pasillo para ver si sigo ahí" o "Una sábana de luna arropa la pierna adelantada. ¡Qué caricias hace la luz!" ("El título"),  o ese "perfume artesanal con notas de envidia, ansiedad y una fuerte presencia de felicidad" ("Una mosca en la pared").

Entre tanta tristeza, sordidez y drama aún hay esperanza, aunque sea mínima, aunque sea un leve destello de belleza entre la miseria por el que vale la pena seguir viviendo... Y vale la pena que Carmona del Barco siga dedicándose a la escritura, porque desde luego lo seguiremos leyendo.


viernes, 15 de julio de 2016

El mar, el mar - Iris Murdoch

Cuando se empieza a leer "El mar, el mar" de Iris Murdoch, uno se siente inmediatamente transportado a la costa británica. Siente el calor del sol, el frescor del aire, el ímpetu del mar, el estruendo de las olas, el fragor del agua rompiendo entre las rocas, el aroma de la vegetación, el poder del paisaje... No cuesta nada ponernos en la piel de Charles, el protagonista, un veterano director de teatro que huye de las candilejas londinenses para refugiarse en una vieja casa junto al mar,  inhóspita y húmeda, en la que pasará balance de su vida.

Hasta aquí, la trama promete, las descripciones nos seducen y la personalidad del protagonista nos atrapa. Murdoch es una verdadera maestra en el arte de la descripción y en este aspecto me ha convencido y conquistado totalmente. Pero las que prometían ser unas elevadas expectativas, han empezado a fallar cuando más personajes van apareciendo en escena, y la novela se convierte en un caótico camarote de los hermanos Marx, en un vodevil, incluso un mal culebrón en el que todos hablan, gritan, lloran y actúan sin el más mínimo sentido.

Las relaciones humanas obviamente son complejas y cuando Murdoch intenta plasmarlas, siento que pincha.
Hay momentos creíbles pero la mayoría de ellos son inverosímiles. Me ha dado la sensación de que no son personas de carne y hueso sino actores de teatro, sobreactuando en una mezcla de tragedia griega y drama shakesperiano, reescrito y mal acabado.

Reconozco que Murdoch es una escritora brillante y "El mar, el mar" ganó en su día el "Booker Prize", pero aunque he disfrutado de los pasajes cuyo protagonista absoluto es el mar, me he cansado y he llegado a aborrecer al obsesivo protagonista y a la pusilánime e histérica Hartley, su inalcanzable objeto de deseo. No me he creído para nada este amor de adolescencia que sigue vivo y aún más fuerte en la madurez. Y puestos a no creer, no me he creído a ninguno de los personajes que actúan de comparsas en esta historia ni han conseguido que me interesara por las reflexiones y disquisiciones filosóficas y existenciales que van planteando a lo largo de la historia. Posiblemente la falta de empatía con los protagonistas de esta novela han hecho que la lectura no me haya resultado todo lo gratificante y plena que cabría esperar y así resulta difícil avanzar 700 páginas para terminar con un final, a mi juicio, precipitado y poco satisfactorio.

Quedémonos pues, con las fascinantes descripciones marinas que hace Murdoch, como en este fragmento inicial, insuperable. Sólo por estos pasajes ya ha valido la pena leer la novela...

"El mar se extiende ante mí mientras escribo, más que destellar, resplandece bajo el suave sol de mayo. Con el cambio de marea, se recuesta calladamente contra la tierra, casi sin huella de ondas ni de espuma. Próximo al horizonte es de un púrpura suntuoso, marcado por líneas regulares de verde esmeralda. En el horizonte es índigo. Cerca de la playa, donde la visión se da enmarcada por amontonamientos de desiguales rocas amarillas, hay una franja de verde más pálido, helado y puro, menos radiante y sin embargo opaco, no transparente. Estamos en el norte, y la luz brillante del sol no puede penetrar en el mar. Allí donde el agua golpea suavemente sobre las rocas sigue siendo una superficie de color, como una piel. El cielo sin nubes es muy pálido en el horizonte índigo, que le pone un leve trazo de plata. Su azul se intensifica y vibra hacia el cenit. Pero el cielo parece frío, hasta el sol parece frío"



miércoles, 22 de junio de 2016

ODA AL LIBRO, Pablo Neruda

ODA AL LIBRO, Pablo Neruda

LIBRO

hermoso,
libro,
mínimo bosque,
hoja
tras hoja,
huele
tu papel
a elemento,
eres
matutino y nocturno,
cereal,
oceánico,
en tus antiguas páginas
cazadores de osos,
fogatas
cerca del Mississippi,
canoas
en las islas,
más tarde
caminos
y caminos,
revelaciones,
pueblos
insurgentes,
Rimbaud como un herido
pez sangriento
palpitando en el lodo,
y la hermosura
de la fraternidad,
piedra por piedra
sube el castillo humano,
dolores que entretejen
la firmeza,
acciones solidarias,
libro
oculto
de bolsillo
en bolsillo,
lámpara
clandestina,
estrella roja.

Nosotros
los poetas
caminantes
exploramos
el mundo,
en cada puerta
nos recibió la vida,
participamos
en la lucha terrestre.
Cuál fue nuestra victoria?
Un libro,
un libro lleno
de contactos humanos,
de camisas,
un libro
sin soledad, con hombres
y herramientas,
un libro
es la victoria.
Vive y cae
como todos los frutos,
no sólo tiene luz,
no sólo
tiene
sombra,
se apaga,
se deshoja,
se pierde
entre las calles,
se desploma en la tierra.
Libro de poesía
de mañana,
otra vez
vuelve
a tener nieve o musgo
en tus páginas
para que las pisadas
o los ojos
vayan grabando
huellas:
de nuevo
descríbenos el mundo
los manantiales
entre la espesura,
las altas arboledas,
los planetas
polares,
y el hombre
en los caminos,
en los nuevos caminos,
avanzando
en la selva,
en el agua,
en el cielo,
en la desnuda soledad marina,
el hombre
descubriendo
los últimos secretos,
el hombre
regresando
con un libro,
el cazador de vuelta
con un libro,
el campesino arando
con un libro.







Imagen vía Pinterest

miércoles, 25 de mayo de 2016

Las hijas de Sara - Pilar Adón

Cuando uno acaba un libro y la historia y sus personajes no abandonan su cabeza es que indiscutiblemente algo se ha conmovido en el interior del lector, algo ha tocado algún recoveco de su mente o su corazón, o de ambos.

"Las hijas de Sara" de Pilar Adón, es una historia de pocos personajes pero intensas pasiones, de poca acción pero mucha emoción. Es una historia compleja, con muchos sobreentendidos y muchas insinuaciones, ambigua, un punto mágica, en algunos momentos angustiosa.

La prosa de Adón se desliza suave, lírica, poética pero a la vez rotunda y contundente.
Se aprecia una extremada delicadeza en el uso del lenguaje y la descripción de acción y personajes, de manera que el contraste entre el cuidado lirismo estilístico y la crudeza, insinuada o real de lo que nos cuenta, produce un efecto devastador, desasosegante y brutal.
Vamos a leer una historia con reminiscencias bíblicas (implícita ya en el mismo título), también encontramos referencias literarias, como la alusión a Proust o esa "campana de cristal que estalla en pedazos" que nos remite al suicidio de Sylvia Plath. (¿Acaso Sabina no nos la recuerda?)

Personajes femeninos extremadamente sensibles, receptivos y dolientes frente a personajes masculinos primarios, lascivos y rudos, se mueven en un escenario amplio con un horizonte indefinido pero a la vez asfixiante y claustrofóbico. ¡Con qué maestría Adón consigue con las descripciones del viento constante y la arena omnipresente convertir un espacio absolutamente abierto, en medio de la nada, en un lugar cerrado y asfixiante!
La historia tiene momentos casi de realismo mágico pero no se recrea lo suficiente en ellos como para perder la vista un argumento dramático verosímil.

Adón no nos lo cuenta todo. Como lectores hemos de rellenar espacios, situaciones pasadas, presentes y futuras de los protagonistas de la historia. Posiblemente esa sea la razón que, acabada la novela "Las hijas de Sara" no se nos quita fácilmente de la cabeza sino que seguimos demorados entre sus páginas elucubrando motivos, sucesos y sobre todo, el futuro de cada peculiar miembro de la familia Drayton.


"Rosa conocía sus debilidades. Conocía sus pequeños huecos abiertos en la pared. Conocía la esencia primera de la vida: la de ser un trabajo interminable. Poner una piedra y luego otra. Una palabra y luego otra. Sin llegar jamás al final y perdiendo la curiosidad por el camino. Eso era la vida. Un trabajo inacabable en el que se iba perdiendo la esperanza, la pasión, el calor... Conocía la filosofía elemental de la vida: cuando se es joven, se posee el ansia, la fortaleza. Con los años, únicamente se puede disfrutar del poder. Y si no se tiene, si no se ha sido lo suficientemente inteligente como para obtener el poder, se está perdido. Porque ya no queda nada más."