miércoles, 30 de julio de 2014

Astrid y Veronika

Hoy, 30 de julio, se celebra el Día Internacional de la Amistad. Andábamos pensando en libros cuyo tema fuera precisamente el de la amistad cuando hemos recordado una novela leída hace un tiempo que vale la pena tener en cuenta. Se titula "Astrid y Veronika" y es la primera novela de la sueca Linda Olsson, publicada por la editorial Salamandra.
En su día, El "New York Times" la destacó en su suplemento de libros como una de las mejores novelas del año, la cual llegó a figurar en los primeros puestos de la lista de títulos más vendidos de dicha publicación.De momento, no tenemos constancia de que Olsson haya escrito más novelas,así que estaremos a la espera y mientras, os recomendamos que leáis, "Astrid y Veronika", una bella historia de amistad entre una treinteañera que huye de sus problemas y se esconde en un pequeño pueblecito boscoso del interior de Suecia, y una anciana que vive recluida y encerrada en su propio mundo y sus secretos del pasado. Irremediablemente su obligada situación como vecinas, las hará entrar en contacto, pero poco a poco se irá gestando una relación que se convertirá en una profunda amistad gracias a la cual, compartirán sus secretos y exorcizarán sus respectivos fantasmas. 
Además del interés que de por si tiene la historia que cuenta esta novela, vale la pena destacar, por un lado, el tratamiento que la autora hace de los personajes protagonistas, bien trazados y bien resueltos, muy humanos y poco idealizados; y por otra parte, la descripción del paisaje y los quehaceres cotidianos que nos llegan nítidamente a través de la lectura. Parece que estemos también nosotros, los lectores, en el bosque sueco, respirando sus aromas, degustando sus primeras fresas, compartiendo desayunos con Astrid y Veronika y sintiendo como propios sus sentimientos y vivencias.


"El amor nos llega sin avisar, y una vez se nos entrega nunca pueden arrebatárnoslo. Debemos recordarlo. Jamás puede perderse. El amor no puede medirse. No puede contarse en años, minutos o segundos, ni en kilos o gramos. Ni puede cuantificarse de ninguna manera. Tampoco puede compararse un amor con otro. Sencillamente existe. Hasta el roce más sutil y fugaz con el amor verdadero puede bastarte durante toda una vida. Debemos recordarlo siempre."

"Astrid y Veronika", Linda Olsson, Ediciones Salamandra 



miércoles, 9 de julio de 2014

Don de lenguas

Barcelona, años 50. En plenos preparativos para el Congreso Eucarístico, una mujer de la alta sociedad catalana aparece asesinada.Una periodista especializada en ecos de sociedad es la encargada de cubrir la información, pero no lo va a tener fácil. Muy pronto irá descubriendo que tras la aparente respetabilidad de la burguesía , y la supuesta rectitud de las fuerzas del orden, no es oro todo lo que reluce...
Ésta es la primera novela de una trilogía escrita a cuatro manos por Rosa Ribas y Sabine Hofmann, dos amigas filólogas que superan con nota el reto de escribir conjuntamente y de crear una entretenida e interesante novela policíaca que, a su vez, es un certero retrato de la Barcelona, y por extensión de la España, de los años 50, con el franquismo planeando sobre las cabezas de los ciudadanos españoles y desplegando toda su maquinaria represiva.
La protagonista, Ana Martí se ayuda en sus investigaciones de Beatriz Noguer, una prima filóloga que, con sus conocimientos, dará certeras pistas en el caso. Así, a la trama policíaca se unen pinceladas filológicas que harán las delicias de los amantes de la literatura.
"Don de lenguas" engancha, entretiene, dibuja bien los personajes y el argumento avanza con buen ritmo.En ningún momento decae el interés, sino que, muy al contrario, a medida que va avanzando la historia, cada vez se complica más la trama y la lectura nos absorbe hasta la resolución final del caso.
Bien nutrida de referentes histórico-sociales y de alusiones literarias, esta primera novela de Ribas y Hofmann nos deja con ganas de más. Afortunadamente, ambas escritoras ya han vuelto a unir talentos y acaban de publicar una segunda novela, también con trasfondo histórico: "El gran frío", esta vez, ambientada en la España rural, más profunda.
La editorial Siruela vuelve a acertar una vez más publicando novela negra de calidad.





lunes, 30 de junio de 2014

El arte del cuento


El arte del cuento  [Fragmento]

 Flannery O'Connor

Siempre he oído decir que el cuento es uno de los géneros literarios más difíciles; y siempre he tratado de descubrir por qué la gente tiene tal impresión respecto de lo que considero una de las formas más naturales y básicas de la expresión humana.

Aún me inclino a pensar que la mayor parte de la gente posee una cierta capacidad innata para contar historias; capacidad que suele perderse, sin embargo, en el camino. Por supuesto, la capacidad de crear vida con palabras es esencialmente un don. Si uno lo posee desde el inicio, podrá desarrollarlo; pero si uno carece de él, mejor será que se dedique a otra cosa.
No obstante, he podido advertir que son las personas que carecen de tal don, las que, con mayor frecuencia, parecen poseídas por el demonio de escribir cuentos. Estoy segura que son ellas quienes escriben los libros y los artículos sobre "como se escribe un cuento".

Un cuento es una acción dramática completa, y en los buenos cuentos los personajes se muestran por medio de la acción, y la acción es controlada por medio de los personajes. Y como consecuencia de toda la experiencia presentada al lector se deriva el significado de la historia. Por mi parte prefiero decir que un cuento es un acontecimiento dramático que implica a una persona, en tanto comparte con nosotros una condición humana general, y en tanto se halla en una situación muy específica. Un cuento compromete, de un modo dramático, el misterio de la personalidad humana.

Para el escritor de ficciones, en el ojo se encuentra la vara con que ha de medirse cada cosa; y el ojo es un órgano que además de abarcar cuanto se puede ver del mundo, compromete con frecuencia nuestra personalidad entera. Involucra, por ejemplo, nuestra facultad de juzgar. Juzgar es un acto que tiene su origen en el acto de ver. En la escritura de ficción, salvo en muy contadas ocasiones, el trabajo no consiste en decir cosas, sino en mostrarlas.
Un buen cuento no puede ser reducido, sólo puede ser expandido. Un cuento es bueno cuando ustedes pueden seguir viendo más y más cosas en él, y cuando, pese a todo, sigue escapándose de uno.

En la mayoría de los buenos cuentos es la personalidad del personaje lo que crea la acción de la historia. En la mayoría de esos cuentos, siento que el escritor ha pensado en una acción y luego seleccionado un personaje para que la lleve a cabo. Usualmente, existen más probabilidades de llegar a un buen fin si se comienza de otra manera. Si se parte de un personaje real estamos en camino de que algo pase antes de empezar a escribir, no se necesita saber qué. En verdad, puede ser mejor que uno ignore lo que sucederá. Cada uno debe ser capaz de descubrir algo en el cuento que escriba. 


domingo, 22 de junio de 2014

Los libros son tímidos

Hay libros que se leen de una sentada. Se empiezan, te envuelven, te enganchan y caes bajo su poder de seducción, de manera que no los dejas hasta llegar a la última página. Son lecturas ligeras, livianas, de verbo fácil y exposición clara. Sin artificios ni complicaciones. Pero no nos engañemos, porque bajo la apariencia de esa suave textura de mousse de chocolate negro, nos queda el sabor intenso y duradero del buen cacao.
"Los libros son tímidos" de Giulia Alberico, publicado por Periférica, es un recorrido en primera persona por las amplias lecturas de esta escritora italiana desde su infancia hasta su vida adulta. En cada página, palpita su pasión por la literatura. La ama, la vive, la disfruta y sabe transmitirla. Por eso mismo, leemos este breve texto autobiográfico con avidez, saboreando sus reflexiones y sonriendo a cada momento porque nos sentimos plenamente identificados con muchas de ellas.
Este libro es un soplo, pero tan fresco que permanece en el aire, duradero. Lo releeremos una y otra vez, y buscaremos las lecturas que nos sugiere y que no conocemos, porque al igual que la autora, creemos que "leer es aislarse del mundo, pero al mismo tiempo, aprender a verlo y comprenderlo mejor"



sábado, 14 de junio de 2014

Aniversario del fallecimiento de G.K Chesterton

Recordando al magnífico y prolífico G.K Chesterton en el aniversario de su fallecimiento, en Beaconsfiels, Reino Unido, el 14 de junio de 1936.

El maníaco (fragmento)



G. K. Chesterton

de Ortodoxia



La gente de mundo ignora completamente aun lo que es el mundo, y todo lo reduce a unas cuantas máximas cínicas que ni siquiera son verdaderas. Me acuerdo de que, paseando una vez con un acomodado publicista por los barrios de la ciudad, me hizo éste una observación que muchas veces había yo oído y que, pudiéramos decir, es como una divisa de nuestros tiempos. La medida estaba colmada, y al escuchar una vez más la famosa observación descubrí que era una sandez. Hablábamos de cierto sujeto, y mi publicista observó: "Ese hombre llegará, porque cree en sí mismo". Lo recuerdo como si fuese ahora; al alzar la cabeza para oír lo que me decía, mis ojos cayeron sobre el letrero de un ómnibus que ponía: Hanwell (1). Y le contesté sin vacilar: "¿Quiere usted que yo le diga dónde están los que más creen en sí mismos? Pues voy a decírselo: yo sé de hombres que confían en sus propias fuerzas mucho más que Napoleón o César; yo sé dónde lucen las estrellas fijas de la seguridad y del éxito, y si usted quiere puedo conducirle al trono de los superhombres. Los que creen de verdad en sí mismos están en los asilos de lunáticos". Contestóme muy cortésmente que había, sin embargo, muchísimos que, con creer en sí mismos, no estaban en los manicomios. "Sí que los hay -le retruqué-, y usted debe conocerlos mejor que nadie. Aquel poeta borrachón cuyas espantosas tragedias no puede usted tolerar, ése es uno de los que creen en sí mismos; aquel viejo ministro que le obligó a usted a esconderse en un desván por miedo a que le leyera su poema épido, ése también creía en sí mismo. Si usted consultara su experiencia de los negocios humanos, y no su filosofía tan feamente individualista, reconocería usted que el creer en sí mismo es uno de los síntomas más inequívocos y comunes de la degeneración. Los actores incapaces de representar, ésos son los que creen en sí mismos, así como los deudores que no pagan. Mucho más cierto es asegurar el fracaso de un hombre porque cree en sí mismo, que augurar su éxito. La plena confianza en sí mismo, aparte de ser un pecado, es también una debilidad. Creer demasiado en uno mismo es una creencia histérica y supersticiosa, como creer, por ejemplo, en Joanna Southcote (2); y el hombre que por su mal la padece lleva escrito Hanwell en la frente como lo lleva ese ómnibus". A todo lo cual mi amigo el publicista replicó con esta objeción tan profunda como eficaz: "Bien; y si un hombre no debe creer en sí mismo, ¿en qué debe creer?". Y yo declaré tras larga pausa: "Para poder contestar a esa pregunta, no veo más remedio que irme a casa a escribir un libro".

(1) El autor se refiere al manicomio de Hanwell, en Londres (N. del T.)
(2) Visionaria inglesa (1750-1814) que hizo más de cien mil adeptos y cuyo culto se extinguió a fines del siglo XIX (N. del T.)






viernes, 30 de mayo de 2014

Recordando a Juan Carlos Onetti en el aniversario de su muerte

El escritor uruguayo Juan Carlos Onetti murió el 30 de mayo de 1994 en Madrid, ciudad en la que pasó los últimos años de su vida. 
Hoy le recordamos con este cuento en el que la contenida vejez, la aparente inocencia infantil, los recuerdos, la miseria y el dulce de membrillo nos llevan a un terrible y fatal desenlace



El cerdito

La señora estaba siempre vestida de negro y arrastraba sonriente el reumatismo del dormitorio a la sala. Otras habitaciones no había; pero sí una ventana que daba a un pequeño jardín parduzco. Miró el reloj que le colgaba del pecho y pensó que faltaba más de una hora para que llegaran los niños. No eran suyos. A veces dos, a veces tres que llegaban desde las casas en ruinas, más allá de la placita, atravesando el puente de madera sobre la zanja seca ahora, enfurecida de agua en los temporales de invierno.

Aunque los niños empezaran a ir a la escuela, siempre lograban escapar de sus casas o de sus aulas a la hora de pereza y calma de la siesta. Todos, los dos o tres; eran sucios, hambrientos y físicamente muy distintos. Pero la anciana siempre lograba reconocer en ellos algún rasgo del nieto perdido; a veces a Juan le correspondían los ojos o la franqueza de ojos y sonrisa; otras; ella los descubría en Emilio o Guido. Pero no trascurría ninguna tarde sin haber reproducido algún gesto, algún ademán de nieto.

Pasó sin prisa a la cocina para preparar los tres tazones de café con leche y los panqueques que envolvían dulce de membrillo.

Aquella tarde los chicos no hicieron sonar la campanilla de la verja sino que golpearon con los nudillos el cristal de la puerta de entrada, la anciana demoró en oírlos pero los golpes continuaron insistentes y sin aumentar su fuerza. Por fin, por que había pasado a la sala para acomodar la mesa, la anciana percibió el ruido y divisó las tres siluetas que habían trepados los escalones.

Sentados alrededor de la mesa, con los carrillos hinchados por la dulzura de la golosina, los niños repitieron las habituales tonterías, se acusaron entre ellos de fracasos y traiciones. La anciana no los comprendía pero los miraba comer con una sonrisa inmóvil; para aquella tarde, después de observar mucho para no equivocarse, decidió que Emilio le estaba recordando el nieto mucho más que los otros dos. Sobre todo con el movimientos de las manos.

Mientras lavaba la loza en la cocina oyó el coro de risas, las apagadas voces del secreteo y luego el silencio. Alguno caminó furtivo y ella no pudo oír el ruido sordo del hierro en la cabeza. Ya no oyó nada más, bamboleó el cuerpo y luego quedó quieta en el suelo de su cocina.

Revolvieron en todos los muebles del dormitorio, buscaron debajo del colchón. Se  repartieron billetes y monedas y Juan le propuso a Emilio:

-Dale otro golpe. Por si las dudas.

Caminaron despacio bajo el sol y al llegar al tablón de la zanja cada uno regresó separado, al barrio miserable. Cada uno a su choza y Guido, cuando estuvo en la suya, vacía como siempre en la tarde, levantó ropas, chatarra y desperdicios del cajón que tenía junto al catre y extrajo la alcancía blanca y manchada para guardar su dinero; una alcancía de yeso en forma de cerdito con una ranura en el lomo.



martes, 27 de mayo de 2014

La casa de muñecas, Katherine Mansfield

La Casa de Muñecas

Por Katherine Mansfield
Traducción: Amalia Castro y Alberto Manguel

Cuando la querida anciana señora de Hay volvió a la ciudad después de pasar un tiempo en casa de los Burnell, les envió a los niños una casa de muñecas. Era tan grande que el cochero y Pat la llevaron al patio, y allí quedó, apuntalada por dos cajas de madera al lado de la puerta del comedor diario. No podía pasarle nada; era verano. Y quizás el olor de pintura se habría ido cuando llegara el momento de tener que entrarla. Porque, realmente, el olor de pintura que venía de esa casa de muñecas ("¡tan simpático de parte de la anciana señora de Hay, por supuesto; tan simpático y generoso!") ... pero el olor de pintura bastaba como para enfermar seriamente a cualquiera, según opinaba la tía Berly. Aun antes de sacarla de su envoltorio. Y cuando la sacaron...
Allí quedó la casa de muñecas, de un color verde espinaca, oscuro y aceitoso, entremezclado de amarillo brillante. Sus dos sólidas y pequeñas chimeneas, pegadas al techo, estaban pintadas de rojo y blanco, y la puerta, resplandeciente de barniz amarillo, parecía un trocito de caramelo. Cuatro ventanas, ventanas de verdad, estaban divididas en paneles por una ancha franja de verde. Había realmente un pequeño pórtico, también, pintado de amarillo, con grandes grumos de pintura seca colgando a lo largo del borde.
¡Pero qué casita perfecta, perfecta! A quién podía importarle el olor. Era parte de la alegría, parte de la novedad.
-¡Pronto, que alguien la abra!
El gancho del costado estaba atascado fuertemente. Pat lo levantó con su cortaplumas, y todo el frente de la casa se abrió con un vaivén, y... uno podía ver al mismo tiempo la sala de estar y el comedor, la cocina y los dos dormitorios. ¡Esa sí que era una forma de abrirse una casa! ¿Por qué no se abrirían todas las casas así? ¡Cuánto más emocionante que espiar a través de la hendija de una puerta la mezquina salita con su perchero y sus dos paraguas! Es eso... ¿no es cierto?... lo que uno desea conocer de una casa en cuanto pone las manos sobre el llamador. Quizás ésa es la forma en que Dios abre las casas en lo profundo de la noche cuando hace su ronda silenciosa con un ángel...
-¡Oh, oh! -las niñas de los Burnell lo dijeron como si estuviesen desesperadas. Era demasiado maravilloso; era demasiado para ellas. Nunca en su vida habían visto nada semejante. Todos los cuartos estaban empapelados. Había cuadros en las paredes, pintados sobre el papel, completos con marcos dorados. Una alfombra roja cubría todos los pisos excepto el de la cocina; sillas de felpa roja en la sala de estar, verde en el comedor; mesas, camas con sábanas verdaderas, una cuna, una estufa, un aparador con diminutos platos y una jarra grande. Pero lo que a Kezia más le gustaba, lo que le gustaba terriblemente, era la lámpara. Estaba colocada en el centro de la mesa del comedor, una exquisita lámpara ambarina con un globo blanco. Incluso estaba llena para ser encendida pero, por supuesto, no se podía encender. Pero había algo como aceite dentro, que se movía al sacudirla.
Los muñecos padre y madre, tendidos muy tiesos como si se hubiesen desmayado en la sala, y sus dos hijitos dormidos arriba eran en realidad demasiado grandes para la casa de muñecas. No parecían pertenecer a ella. Pero la lámpara era perfecta. Parecía sonreírle a Kezia, decir: "Aquí vivo". La lámpara era real.
Las niñas de los Burnell se apuraron como nunca para llegar a la escuela al otro día. Ardían por contarles a todos, por describir, por... bueno... jactarse de su casa de muñecas antes de que tocase la campana de la escuela.
-Voy a hablar yo -dijo Isabel- porque soy la mayor. Y ustedes dos pueden hablar después. Pero primero voy a hablar yo.
No había nada que contestar. Isabel era autoritaria, pero siempre tenía razón, y Lottie y Kezia sabían demasiado bien cuáles eran los poderes que confería el ser la mayor. Rozaron al caminar las matas de botones de oro al borde del camino y no dijeron nada.
-Y yo voy a elegir quién va a venir a verla primero. Mamá me dijo que podía.
Porque se había dispuesto que, mientras la casa de muñecas estuviese en el patio, podían invitar a las chicas de la escuela, dos por vez, a venir verla. No para quedarse a tomar el té, por supuesto, o para vagar por la casa. Pero sí para estar calladas en el patio mientras Isabel señalaba las bellezas que contenía, y Lottie y Kezia miraban complacidas...
Pero por más que se apuraron, al llegar a las negras empalizadas del campo de juego de los varones, la campana había empezado a sonar. Apenas tuvieron tiempo de quitarse de un manotazo los sombreros y ponerse en fila antes de que pasasen lista. No importaba. Isabel trató de compensarlo dándose aire de importancia y de misterio, y murmurando detrás de la mano a las niñas que estaban cerca: "Tengo algo que decirles en el recreo".
Llegó el recreo e Isabel fue rodeada. Las chicas de su clase casi se pelearon por poner sus brazos en torno de ella, por caminar con ella, por sonreír halagadoramente, por ser su amiga preferida. Desplegó toda una corte bajo los inmensos pinos a un lado del campo de deportes. Codeándose, riendo sin motivo, las niñas se apretaban a su alrededor. Y las dos únicas que estaban fuera del círculo eran las dos que siempre estaban fuera, las pequeñas Kelvey. Sabían perfectamente que no debían acercarse a las Burnell.
Porque el hecho era que la escuela a la que iban las niñas de Burnell no era en absoluto el lugar que sus padres habrían elegido si hubiesen podido elegir. Pero no había elección. Era la única escuela en varias millas. Y en consecuencia todos los niños del vecindario, las hijas del juez, las hijas del médico, las chicas del almacenero, las del lechero, estaban obligadas a estar juntas. Ni hablar de otros tantos niñitos maleducados y groseros que también asistían. Pero en algún punto había que establecer la separación. Ese punto era las Kelvey. Muchos de los chicos, incluidas las Burnell, ni siquiera tenían permiso para hablarles. Pasaban frente a las Kelvey con la cabeza levantada y, como establecían las normas de conducta en la escuela, las Kelvey eran evitadas por todos. Hasta la maestra tenía para con ellas una voz especial, y una sonrisa especial para con los otros niños cuando Lil Kelvey se acercaba a su escritorio con un ramo de flores de aspecto terriblemente vulgar.
Eran las hijas de una pequeña lavandera muy trabajadora, que iba de casa en casa y a la que se le pagaba por día. Eso era ya de por sí desagradable. Pero, además, ¿dónde estaba el señor Kelvey? Nadie lo sabía con seguridad. Todos decían que estaba en la cárcel. De modo que eran las hijas de una lavandera y de un malviviente. ¡Linda compañía para los hijos de la otra gente! Y lo parecían. Por qué las hacía tan notorias la señora de Kelvey era difícil de entender. La verdad era que estaban vestidas con retazos que le daba la gente para quien trabajaba. Lil, por ejemplo, que era una chica fornida y vulgar, con grandes pecas, iba a la escuela con un vestido hecho con un mantel de tela de lana verde de los Burnell, con mangas rojas de felpa de las cortinas de los Logan. El sombrero, colocado en lo alto de su ancha frente, era un sombrero de mujer, que había pertenecido una vez a Miss Lecky, la empleada del correo. Estaba levantado por detrás y adornado con una gran pluma escarlata. ¡Qué aspecto raro tenía! Era imposible no reírse. Y su hermanita, nuestra Else, llevaba un largo vestido largo, parecido a un camisón, y un par de botitas de varón. Pero, usase Else lo que usase, hubiese parecido extraño. Era una niñita parecida a una clavícula de pollo, con el pelo mal cortado y enormes ojos solemnes... una lechucita blanca. Nadie la había visto sonreír nunca; apenas hablaba. Iba por la vida agarrándose de Lil, con un pedazo de la pollera de Lil apretado en su mano. Adonde Lil fuera, nuestra Else la seguía. En el patio, en el camino de ida y vuelta a la escuela, allí iba Lil marchando adelante y nuestra Else agarrándose atrás. Sólo cuando quería algo, o cuando perdía el aliento, nuestra Else le daba a Lil un tirón, una sacudida, y Lil se detenía y se daba vuelta. Las Kelvey se entendían siempre.
Ahora las rondaban; no podía evitarse que oyeran. Cuando las niñas se volvieron y se burlaron de ellas, Lil, como de costumbre, mostró su sonrisa tonta y avergonzada. Pero nuestra Else no hizo más que mirar.
Y la voz de Isabel, tan orgullosa, seguía contando. La alfombra causó gran sensación, pero t
mbién las camas con las sábanas de verdad y la cocina con la puerta del horno.
Cuando terminó, Kezia la interrumpió: "Te olvidaste de la lámpara, Isabel".
-Ah, sí -dijo Isabel- y también hay una pequeñísima lámpara, hecha toda de vidrio amarillo, con un globo blanco, en la mesa del comedor. No se puede diferenciar de una de verdad.
-La lámpara es lo mejor de todo -exclamó Kezia. Pensó que Isabel no le estaba dando la suficiente importancia a la lamparita. Pero nadie le prestó atención. Isabel estaba eligiendo a las dos que volverían a casa con ella esa tarde para verla. Eligió a Emmie Cole y Lena Logan. Pero, cuando las otras se enteraron de que todas tendrían su oportunidad, no supieron qué hacer para congraciarse con Isabel. Una por una pusieron sus brazos en torno de su cintura y caminaron con ella. Tenían algo que decirle en secreto. "Isabel es mi amiga." Sólo las pequeñas Kelvey se alejaron olvidadas; para ellas no había nada más que oír.
Pasaron los días y, mientras más chicos venían a ver la casa de muñecas, su fama se expandía. Se convirtió en el único tema, en la única moda. La pregunta era: "¿Viste la casa de muñecas de las Burnell? ¿No es hermosísima?" "¿No la has visto? ¡Qué maravilla!".
Hasta la hora de la merienda era olvidada para hablar de eso. Las niñas se sentaban a la sombra de los pinos comiendo gruesos sándwiches de cordero y grandes rebanadas de tortas de maíz enmantecadas. Como siempre, lo más cerca que se les permitía estar se sentaban las Kelvey, nuestra Else agarrándose de Lil, escuchando también mientras masticaban sus sándwiches de mermelada que sacaban de un diario empapado con grandes         manchas rojas.
-Mamá -dijo Kezia-, ¿puedo invitar a las Kelvey una sola vez?
-Por cierto que no, Kezia.
-Pero, ¿por qué no?
-Vete, Kezia; sabes muy bien por qué no.
Por fin todos la habían visto excepto ellas. Ese día el tema decayó. Era la hora de la merienda. Las niñas se agruparon a la sombra de los pinos y de pronto, mientras miraban a las Kelvey comiendo de su diario, siempre solas, siempre escuchando, decidieron ser odiosas con ellas. Emmie Cole empezó el murmullo.
-Lil Kelvey va a ser sirvienta cuando sea grande.
-¡Oh, oh, qué horrible! -dijo Isabel Burnell, mirando a Emmie de una manera especial.
Emmie tragó de una manera significativa y asintió mirando a Isabel como había visto hacer a su madre en esas ocasiones.
-Es verdad... es verdad... es verdad -dijo.
Entonces los pequeños ojos de Lena Logan brillaron: "¿Se lo pregunto?", murmuró.
-A que no lo haces -dijo Jessie May.
-Bah, a mí no me asusta -dijo Lena. De pronto dio un pequeño chillido y bailó frente a las otras chicas: "¡Miren! ¡Mírenme! ¡Mírenme ahora!", dijo Lena. Y resbalando, deslizándose, arrastrando un pie, riéndose detrás de la mano, Lena se acercó a las Kelvey.
Lil levantó los ojos de su merienda. Envolvió rápidamente el resto. Nuestra Else dejó de masticar. ¿Qué ocurriría ahora?
-¿Es verdad que vas a ser una sirvienta cuando crezcas, Lil Kelvey?- chilló Lena.
Un silencio de muerte. Pero, en lugar de contestar, Lil sólo sonrió de esa manera tonta y avergonzada. La pregunta no pareció importarle en absoluto. ¡Qué fracaso para Lena! Las chicas empezaron a reírse.
Lena no podía soportarlo. Se puso las manos en las caderas; se lanzó hacia adelante: "¡Sí, si el padre de ustedes está preso!", silbó malévolamente.
Esto era algo tan maravilloso, haberlo dicho, que las niñas se alejaron corriendo en bandada, muy, muy excitadas, enloquecidas de alegría. Alguien encontró una soga larga, y empezaron a saltar. Y nunca saltaron tan alto, ni corrieron tan velozmente de un lado a otro, ni hicieron cosas tan atrevidas como esa mañana.
Por la tarde, Pat vino a buscar a las niñas de Burnell con el coche y volvieron a la casa. Había visitas. Isabel y Lottie, a quienes les gustaban las visitas, subieron a cambiarse los delantales. Pero Kezia se escabulló por el fondo. No había nadie; empezó a hamacarse en los grandes portones blancos del patio. De pronto, mirando hacia el camino, vio dos pequeños puntos. Se agrandaron, venían hacia ella. Ahora podía ver que uno iba adelante y otro lo seguía de atrás. Ahora podía ver que eran las Kelvey. Kezia dejó de hamacarse. Se bajó del portón suavemente, como si fuera a escaparse. Después dudó. Las Kelvey se acercaron y a su lado caminaban las sombras muy largas, extendiéndose a través del camino con sus cabezas entre los botones de oro. Kezia volvió a subirse al portón; se había decidido; se balanceó hacia afuera.
-Hola -dijo a las Kelvey, que pasaban.
Quedaron tan sorprendidas que se detuvieron. Lil sonrió tontamente. Nuestra Else miraba.
-Pueden venir a ver nuestra casa de muñecas, si quieren -dijo Kezia, y arrastró un dedo por el suelo. Pero Lil se puso colorada y sacudió rápidamente la cabeza.
-¿Por qué no? -preguntó Kezia.
Lil contuvo el aliento, y después dijo: "Tu mamá le dijo a la nuestra que no tenías que hablarnos".
-Ah, bueno -dijo Kezia. No sabía qué contestar-. No importa. Pueden venir a ver nuestra casa de muñecas lo mismo. Vamos. Nadie está mirando.
Pero Lil sacudió la cabeza más fuertemente.
-¿No quieres venir? -preguntó Kezia.
De pronto hubo un tirón, una sacudida en la falda de Lil. Se dio vuelta. Nuestra Else la miraba con grandes ojos, implorante; tenía el ceño fruncido; quería ir. Por un instante, Lil miró a nuestra Else dubitativamente. Pero entonces nuestra Else volvió a tironear de la falda. Caminó hacia adelante. Kezia indicó el camino. Como dos gatitos de albañal, cruzaron el patio hacia donde estaba la casa de muñecas.
-Ahí está -dijo Kezia.
Hubo una pausa. Lil respiraba pesadamente, casi resoplando; nuestra Else parecía de piedra.
-La abriré para que la vean -dijo Kezia amablemente. Levantó el gancho y miraron dentro.
-Esa es la sala y ése el comedor, y ésta es...
-¡Kezia!
¡Qué salto dieron!
-¡Kezia!
Era la voz de la tía Beryl. Se dieron vuelta. En la puerta estaba la tía Beryl, atónita como si no pudiese creer lo que veía.
-¡Cómo te atreves a invitar a las pequeñas Kelvey al patio! -dijo su fría voz enfurecida-. Sabes tan bien como yo que no tienes permiso para hablarles. Váyanse, chicas, váyanse enseguida. Y no vuelvan -dijo la tía Beryl. Y avanzó hacia el patio y las espantó como si fuesen gallinas-. ¡Váyanse inmediatamente! -gritó, fría y orgullosa.
No necesitaban que se lo repitieran. Ardiendo de vergüenza, encogiéndose, Lil encorvada como su madre, nuestra Else aturdida, cruzaron de alguna manera el enorme patio y se escurrieron por el blanco portón.
-¡Niña mala, desobediente! -dijo la tía Beryl a Kezia amargamente, y cerró de un golpe la casa de muñecas.
La tarde había sido terrible. Había llegado una carta de Willie Brent, una carta aterradora, amenazadora, diciendo que, si no se encontraba con él esa tarde en Pulman Bush, vendría hasta la puerta de la casa para preguntarle por qué. Pero, ahora que había asustado a esas dos ratitas Kelvey y que le había dado un buen reto a Kezia, se sentía más tranquila. La horrible opresión había desaparecido. Volvió a la casa canturreando.
Cuando las Kelvey estuvieron fuera de la vista de los Burnell, se sentaron para descansar junto a un gran tubo de desagüe rojo a un lado del camino. Las mejillas de Lil ardían aún; se sacó el sombrero con la pluma y lo puso sobre las rodillas. Como soñando, miraron por encima de los cercos de heno, más allá del arroyo, hacia las zarzas donde las vacas de Logan esperaban ser ordeñadas. ¿En qué estarían pensando?
De pronto nuestra Else se acurrucó junto a su hermana. Pero ahora había olvidado a la enojada señora. Estiró un dedo y rozó la pluma de su hermana; sonrió con su extraña sonrisa.
-Vi la lamparita -dijo suavemente.
Después las dos quedaron otra vez en silencio.


Nido de palomas, antología de relatos de Katherine Mansfield.

Centro Editor de América Latina, Buenos Aires, 1972. a